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Entre el decir y
el hacer Vivimos inmersos en un mundo producto de nuestros pensamientos, tanto de los presentes como de los ausentes, y por ausentes me refiero a los pensamientos de nuestros ancestros que dejaron sus experiencias, sus historias, sus lenguajes, sus aspiraciones, etc., para manifestación futura a pesar de su no existencia física y real después de sus muertes, pero que viven a través nuestro, por lo tanto podemos llamarnos el deseo de otros encarnados en el mundo y con la misma capacidad de transmisión de un mensaje vital hacia nuestros descendientes, somos lo real de nuestros padres; encarnados y vivos en este mundo de letras y palabras. Vivimos en un mundo heredado tal y como lo concibieron quienes nos precedieron, y con posibilidades de cambios a partir de la reflexión vivencial que a cada paso supone un crecimiento, sea por un acierto o por un error, pero sin apartarnos intempestivamente de nuestros arneses simbólicos que nos ajustan a determinadas formas de vivir la vida. Poco a poco crecemos en salud o decrecemos en la enfermedad pero continuamos con nuestras reflexiones que toman formas distintas de evocación, formas distintas de presentarse a la luz de la razón de nuestros días y es así que el producto de nuestros "saberes" se instala entre nosotros presentando una nueva imagen que luego desconocemos para empezar a jugar el deseo de conocerla como ajena a nosotros mismos. Y es asi que entre lo que decimos y lo que hacemos se juega algo más que una simple relación de congruencia entre lo dicho y lo hecho. Congruencia, que por otra parte, sale disparada para cualquier lugar y pocas veces cae en su sitio, porque más allá de la lógica advertencia de las palabras que juntan nos abren la posibilidad de entender, más allá de esas mismas palabras, advienen ciertas porosidades, ciertos agujeros donde se filtran otras "cosas" otros significantes que no remiten a ninguna parte. Significantes vacíos y silencios que son significantes, que muestran algo más que un pedazo de historia, son la punta de un hilo que siguiéndolo podemos encontrarnos con una verdad oculta, olvidada entre recuerdos gozosos o intereses que la someten a una velada existencia, pero que de alguna manera se expresará y será síntoma en un discurso. En cualquier momento, esa verdad, tendrá su momento, a pesar de quien quisiera evadir los tiempos. Nuestros gobiernos, nuestros centros administrativos más cercanos, y aún los más lejanos a nosotros mismos tienen, al igual que toda institución que habla por medio de sus instituidos, el manejo técnico de un lenguaje mediatizado por la acción más que por la intención, por el interés de un sistema antes que por el interés del individuo. Uno podría pensar que en los discursos en los que siempre se alude al ser humano, al individuo, a los beneficios de tal o cual cosa para cada uno, está presente la intención de hacer prevalecer las bondades compartidas con cada uno, pero una cosa es bien cierta; el sistema nunca atentará contra sí mismo. Ningún sistema hará nada que lo desestabilice subrogando su cara existencia a la pretensión individual de nadie. Cuando un sistema se cae o se desestabiliza es muy similar a lo que sucede con el conjunto de aquellas palabras que "todas juntas nos abren la posibilidad de entendimiento" y funcionamiento, se desestabiliza porque existen demasiados poros, demasiados vacíos que ventilan a la totalidad de tal modo que no le es posible sostenerse por mucho tiempo. Entonces comienzan a manifestarse síndromes sociales por todas partes, empiezan a mostrarse verdades ocultas entre falsos recuerdos o intereses sectorizados que intentan mantenerlas en las terminales de pantallas apagadas. Empiezan a crearse nuevas palabras para nombrar lo que no se podía nombrar. Nuestros países americanos y latinos, (americanos porque están sobre el continente con ese nombre y no gracias a quienes se adjudican esa nacionalidad, son latinos porque hablan un idioma derivado en otros tiempos del latín y no es América La-tina, o sea el lugar donde se lava la ropa sucia), tienen la posibilidad de actualizar el lenguaje para entendimiento de todos y no solo de quienes quieren subirse en la cima del mundo para mirar hacia abajo y que por las dudas cuando todo explote, viajar a las estrellas. Nuestros países tienen la gran ventaja de unirse por medio de algo más que de la historia que los enraíza a una común semilla, tienen la ventaja de hablar un mismo idioma, aunque no el mismo lenguaje, pero que de todos modos pueden encontrar la congruencia entre el decir y el hacer corrigiendo errores y actualizando verdades para la buena convivencia y el avance tanto social como individual. Eso corresponde a todos y a cada uno, a todos los gobiernos de nuestros países como de las instituciones que los conforman, aún en aquellas más pequeñas como puede ser una escuela o un club. Y abrirse a nuevas ideas, dar paso a nuevas formas de existencia en lo simbólico sin detrimento de realidades internas para que el ideal comience a acercarse un poco más a lo real y haya entre las dos categorías algo más que una simple relación de nudo borromeano hecho con el apuro de una necesidad. Nuestro decir y nuestro hacer tienen que tener una menor distancia para la mejor fluidez y eficacia en nuestros mundos sociales e individuales. Tienen que estar de tal manera enlazados que muy pocas palabras arribadas de otros puertos puedan desatarlas. Esto vale tanto para la sociedad en su conjunto como para el individuo en su soledad. Dejar un poco la fascinación de la imagen que producen algunas palabras que necesitan traducción para escribirlas en letreros de neón y empezar a hablar de nuestras realidades más urgentes si no queremos terminar alumbrándonos con antorchas hechas de trapo y cartón. Clr. Miguel Angel Arce Consultor Psicológico (Counselor) Sexología Educativa (UBA) Sexología Clínica (UBA) marce@clinicamente.com.ar |
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