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Eros y Psique
Una de las primeras apariciones del amor, en el sentido estricto de
la palabra, es el cuento de Eros y Psique (del libro de Apuleyo, El
asno de oro o La metamorfosis). Eros, divinidad cruel y cuyas
flechas no respetan ni a su madre ni al mismo Zeus, se enamora de
una mortal, Psique. El alma de Psique se eleva progresivamente
gracias al amor de Eros, de la condición mortal a la inmortalidad
divina (La presencia del alma en esta historia de amor podría ser un
eco platónico, y lo mismo que la búsqueda de la inmortalidad). Eros
se enamora de una muchacha que es la personificación del alma más
allá de su inconmensurable belleza física (recordemos: Psique en
griego es alma). El amor es mutuo y correspondido: ninguno de los
dos amantes es un objeto de contemplación para el otro; tampoco son
gradas en la escala de la contemplación. Son innumerables las
historias de dioses enamorados de mortales, pero en ninguno de esos
amores -invariablemente sensuales- figura la atracción por el alma
de la persona amada.
El cuento de Apuleyo anuncia una visión del amor destinada a
cambiar, quizás, la historia espiritual de Occidente.
Apuleyo fue iniciado en los misterios de Isis y su novela termina
con la aparición de la diosa y la redención de Lucio, que había sido
transformado en asno para castigarlo por su curiosidad. La
transgresión, el castigo y la redención son elementos constitutivos
de la concepción occidental del amor (tema que también muestra
Goethe en el Segundo Fausto, Wagner en Tristán e Isolda y Nerval en
Aurelia)
Psique es castigada por su curiosidad -o sea, por ser la esclava y
no la dueña de su deseo- y tiene que descender al palacio
subterráneo de Plutón y Proserpina, reino de los muertos pero
también de las raíces y los gérmenes: promesa de resurrección.
Pasada la prueba, Psique vuelve a la luz y recobra a su amante: Eros
el invisible al fin se manifiesta.
Este cuento tiene visos de amor realista: una suegra cruel (Venus),
unas hermanas envidiosas (las de Psique), una prueba que tendrá que
pasar la enamorada (bajar a los infiernos en busca de la cajita que
contenía la hermosura). Finalmente Zeus dejará que los amantes vivan
juntos, a pedido de Cupido locamente enamorado de Psique; será
Hermes quien la raptará y la llevará a los cielos elevándola hacia
la divinidad y la inmortalidad, para que viva con su amado y de a
luz a una hija a la que llamarán Voluptuosidad.
LA FILOSOFIA DEL AMOR No es extraño que la filosofía del amor haya
aparecido primero en Grecia. Esta se había desprendido muy pronto de
la religión: el pensamiento griego comenzó con la crítica de los
filósofos pre socráticos a los mitos; o sea, los pensadores griegos
hicieron la crítica de los dioses desde la razón (no como los
profetas hebreos que hicieron la critica de la sociedad desde la
religión). Tampoco es extraño que el primer filósofo del amor,
Platón, haya sido también un poeta: la historia de la poesía es
inseparable de la del amor.
Aunque la concepción del alma es central en la filosofía del amor
platónico, no lo es en el sentido que lo fue después en Provenza, en
Dante y en Petrarca.
El amor de Platón no es el nuestro. Podría decirse incluso que
quizás la suya no sea una filosofía del amor, sino una forma
sublimada y sublime del erotismo. Para ver esto, podríamos buscar
párrafos de los dos diálogos dedicados al amor, Fedro y el Banquete,
y compararlos con otros grandes textos dedicados al mismo tema que
nos han dejado la filosofía y la poesía.
El Banquete está compuesto por varios discursos o elogios del amor
dichos por siete comensales. Un ejemplo: el de Aristófanes. Para
explicar el misterio de la atracción de los seres, acude al mito del
andrógino original. Los andróginos eran seres dobles, fuertes,
inteligentes y quienes amenazaban a los dioses. Para someterlos,
Zeus los dividió: desde entonces, las mitades separadas andan en
busca de su mitad complementaria. Este mito nos hace reflexionar:
¿somos acaso seres incompletos y el deseo amoroso es perpetua sed de
compleción?
Quizás la idea que sin el otro no seré yo mismo, tanto como el
relato en que Eva nace de la costilla de Adán, son metáforas
poéticas que sin explicar realmente nada, dicen todo lo que hay que
decir del amor. De todas formas, el mito del andrógino, aunque
bello, no toca aspectos fundamentales en el misterio del amor: la
libertad de los amantes en la elección o la predestinación.
El centro de El Banquete es el discurso de Sócrates. Allí relata una
conversación que él tuvo con una sabia sacerdotisa Diotima de
Mantinea.
Diotima comienza diciendo que Eros no es ni un dios ni un hombre: es
un demonio, un espíritu que vive entre los dioses y los mortales. Su
misión es comunicar y unir a los seres vivos. Es hijo de Pobreza y
de Abundancia y esto explica su naturaleza de intermediario:
comunica a la luz con la sombra, al mundo sensible con las ideas.
Como hijo de Pobreza, busca la riqueza; como hijo de Abundancia,
reparte bienes. Es el que desea y pide, es el deseado que da.
En un determinado momento Diotima previene a Sócrates: el amor no es
simple. Es un mixto compuesto por varios elementos unidos por el
deseo. El amor es algo más que atracción por la belleza humana,
sujeta al tiempo, la muerte y la corrupción. Todos los hombres
desean lo mejor, dice Diotima, comenzando por lo que no tienen.
Estamos contentos con nuestro cuerpo si nuestros miembros son sanos
y ágiles, sino no vacilaríamos en deshecharlos para tener en su
lugar los miembros de un atleta. ¿Qué logramos cuando alcanzamos
aquello que deseamos? Nos sentimos felices. Los hombres aspiran a la
felicidad y la quieren para siempre. El deseo de lo mejor se alía al
deseo de tenerlo para siempre, pero los hombres padecen una
carencia: son mortales. La aspiración a la inmortalidad, a
perpetuarse, es común a todos.
El discurso de Diotima y los comentarios de Sócrates son una suerte
de peregrinación. A medida que avanzamos, descubrimos nuevos
aspectos del amor. Pero hay una parte escondida que no podemos ver
con los ojos sino con el entendimiento. "Todo esto que te he
revelado, dice Diotima a Sócrates- son los misterios menores del
amor". Y luego le habla de los más altos y escondidos.
En la juventud nos atrae la belleza corporal y se ama a un cuerpo.
Pero si lo que amamos es la hermosura por qué amarla nada más en un
cuerpo y no en muchos?
Diotima vuelve a preguntar: ¿Si la hermosura está hecha en muchas
formas y personas por qué no amarla en ella misma? ¿Y por qué no ir
más allá de las formas y amar aquello que las hace hermosas: la
idea?
Diotima ve al amor como una escala: abajo, el amor a un cuerpo
hermoso; luego, a la hermosura de muchos cuerpos; después, a la
hermosura misma; más tarde, al alma virtuosa; al fin, a la belleza
incorpórea. Si el amor a la belleza es inseparable al deseo de
inmortalidad, ¿cómo no participar en ella con la contemplación de
las formas eternas?
La belleza, la verdad y el bien, son tres y son uno; son caras o
aspectos de una misma realidad. Diotima concluye: "aquel que ha
seguido el camino de la iniciación amorosa en el orden correcto, al
llegar al fin percibirá súbitamente una hermosura maravillosa, causa
final de todos nuestros esfuerzos... Una hermosura eterna, no
engendrada, incorruptible y que no crece ni decrece". Una belleza
entera, una, idéntica a sí misma, que no está hecha de partes como
el cuerpo ni de razonamientos como el discurso.
El amor, entonces, es el camino, el ascenso, hacia esa hermosura: va
del amor a un cuerpo solo al de dos o más; después, al de todas las
formas hermosas y de ellas a las acciones virtuosas; de las acciones
a las ideas y de las ideas a la absoluta hermosura. La vida del
amante de esta clase de hermosura es la más alta que puede vivirse
pues en ella "los ojos del entendimiento comulgan con la hermosura y
el hombre procrea no imágenes ni simulacros de belleza sino
realidades hermosas". Y éste es el camino de la inmortalidad.
¿Diotima habló realmente de amor?. ¿Podemos pensar que por amar un
cuerpo hermoso deberíamos también amar a otros cuerpos que también
son hermosos, como Diotima dice?
Diotima está hablando de algo muy distinto a lo que entendemos por
amor. Para nosotros las condiciones de fidelidad y posesión son casi
indispensables para hablar de amor. Diotima no habla de ello, no
piensa en el sentimiento de aquel o aquella que amamos: los ve como
simples escalones de ascenso hacia la contemplación.
¿Es diferente al Don Juan que amaba a todas las mujeres? Sí, lo es.
Don Juan tiene una "carrera" en sus amoríos que es hacia abajo y
termina en el infierno, mientras que la del amante platónico culmina
en la contemplación de la idea.
© Clr. Lidia Mantini
romast@ciudad.com.ar
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