Para ser humano en el tercer milenio, en la era de la salud y no de la enfermedad

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Divorcio

Desde los primeros instantes de toda relación interpersonal se desarrollan procesos de cambios constantes, cualitativos y cuantitativos, donde la simiente de los próximos se encuentra en el aquí y ahora. Así mismo, en la historia anterior de la pareja se pueden hallar, potencialmente, antecedentes que influyen de muy diversas maneras en el motivo, estilo, profundidad, responsabilidad, expectativas y calidad emocional de la relación. Cuando dos personas se transforman en pareja conyugal traen al seno de la unión sus características personales y expectativas de relación.

La pareja, junto a los hijos, emprende la gran aventura de conformar una familia, grupo peculiar para el cual quizás no están preparados y que exigirá de ellos el desempeño de nuevos roles. Esto demanda que esta valiosa experiencia se conduzca con la virtud de la responsabilidad.

Como dice un chiste conocido, “La primera causa de divorcio es el matrimonio”. Empecemos entonces por analizar algunas de las dificultades de conformar una pareja estable y duradera.

Leemos un fragmento de Alejandra Makintach, en su libro “La pareja y sus anudamientos”

“¿Cómo podría haber andado mi matrimonio si me casé con alguien que era de otro sexo y que ni siquiera era de mi familia?” Néstor Braunstein

En la pareja matrimonial se destacan al rojo vivo, los avatares de la estabilidad que todo vínculo estable produce. La pareja conyugal es paradigmática de la tematización que me ocupa: la imbricación sujetos – conjunto. Conjunto conformado por sus miembros y éstos, a su vez, conformados por aquél.

Todo vínculo estable convoca a una paradoja: compartir lo incompartible. Paradoja que acicatea a los sujetos y jaquea al vínculo. Paradoja que no se resuelve, pero invita a recorrer sus claves.

El acápite indica que de lo que se trata en la constitución de una pareja es de renunciar a un igual y a los otros primordiales. Dicho de otro modo, remite al enfrentamiento con la diferencia sexual y con la imposición de la presencia del otro. Otro que es un semejante, un diferente, con un núcleo insemantizable y opaco para sí y para el otro de la pareja. El otro que es un sujeto que ama, desea y goza.

La pareja conyugal puede definirse como dos que con-yugan, dos que son parejos en soportar y soportarse en la pesada carga-yugo de la incompletud. Dos que hacen y se hacen en un “nosotros”. Para contar dos, sabemos que partimos de tres. El dos es imaginario; la sede de lo humano es simbólica e implica como mínimo tres. El reino de lo humano corona la palabra como lo que precede y preside. Situamos entonces un “entre dos” donde ubicamos un vacío que une y separa, espacio intermedio que es lugar de coagulación fantasmática, de repetición, simbolización y creación.

¿Cómo especularizarnos, dialectizarnos y gozar, cómo conjugarnos con el otro, hacer un “nosotros” sin dejar de ser deseantes?

Dice Juan en una entrevista de pareja: “El problema es que el espacio propio se transformó en común”, refiriéndose a la convivencia.

 

La misma estructura significante produce la idea de unidad.

Cada uno pretende estar representado en el “nosotros”, representarlo y no perderse como sujeto. El deseo es así deseo de reconocimiento.

“El deseo no es ni el apetito de la satisfacción ni la demanda de amor, sino la diferencia que resulta del primero a la segunda, el fenómeno mismo de su hendija” (Lacan, 1958)

Si la ambición es de formar un todo compacto, se mutila el deseo. La frustración es la imposibilidad de apropiarse de lo que se desea. El sujeto se frustra porque reivindica que su partenaire es exigible por derecho.

Dice Pedro o María; “¿Hacemos lo que te gusta a vos, lo que me gusta a mí, o lo que no nos gusta a ninguno de los dos?”

¿Cómo hacen? ¿Cómo estar juntos sin perder singularidad?

La singularidad es irreductible: el deseo no es vincular, pero hace lazo, y no hay deseo sin lazo.

¿Cómo estar juntos y separados en una relación de pareja que implique sostener un conjunto y contener a dos sujetos deseantes?

Sostener el nosotros supone que algo de los sujetos queda alienado, sostener el deseo es subversivo en relación con el conjunto.

Dice Norma en una entrevista de consulta: “Consultamos porque yo quiero que estemos bien juntos”.

¿Bien juntos o juntos bien?

Entendiendo por juntos bien la posibilidad de encontrar recursos que permitan tolerar la paradoja, la desarmonía que todo lazo conlleva. Norma representa al conjunto al utilizar el verbo en plural y luego el “yo quiero” en singular.

Si juntos erigen un nosotros consistente, se ilusiona unidad, amparo y totalización, y se segrega la singularidad.

Si el intento es mantenerse hiperdiscriminados y cada uno en lo suyo, se pierde el entramado vinculante y son dos que parecen vivir en paralelo."


En la clínica es dable encontrar parejas que parecieran padecer del “juntos” y otras del “separados”. Las primeras son parejas donde lo prioritario pareciera ser el armado de un “nosotros” abigarrado e incuestionado, quedando los miembros relegados en pos de aquél. Ella y él constituyen un bloque que eclipsa las subjetividades. Las segundas son aquéllas en cuya constitución se privilegia la supuesta independencia de los partenaires; con la ilusión de libertad el espacio vincular queda desierto, no proyectan juntos. Las parejas afectadas del “nosotros” suelen llegar a la consulta cuando las protestas subjetivas conmueven ese vínculo que aplastó las singularidades. Las otras arriban cuando se impone aunarse en un proyecto, o porque la sensación de soledad en compañía agobia a un miembro o a ambos.

Parafraseando a Freud en “El porvenir de una ilusión”, podríamos decir que el oprimido protesta por la pareja que con su trabajo sostiene. Se hace necesario proteger a la pareja de los embates del sujeto, y proteger al sujeto del amarre de la pareja.

En un fragmento de otro autor, Sergio Rodríguez, titulado “Ella y yo, ( por suerte) jamás llegamos a entendernos bien”, dice que todas las parejas anhelan comprensión sin malentendidos, pero todas se basan, en realidad, en uno u otro malentendido.

“Lo real torna dificultoso el final de las discusiones en las parejas. Siempre se puede agregar un nuevo argumento para tratar de resolver ese elemento de real. Pero, por la inaccesibilidad del sí mismo y del otro y por la barrera de desconocimiento del yo, cada uno lo hace desde su creencia. Si no, si las creencias coincidieran, no habría lugar a discusión.

El humorista Sendra, en una de las tiras de “Yo, Matías”, lo dice así: “Ma..., ¿por qué te divorciaste?” “Porque cuando una se casa tiene ilusiones y metas que a veces no son compatibles con las de la persona con la que uno se casa.” “¿Por ejemplo?” “Y... yo quería ser feliz.” “¿Y qué era lo incompatible?” “Que él también quería ser feliz.”

Mientras el amor engaña al deseo, haciéndole creer que encontró su objeto, el malentendido puede sostener a la pareja en la creencia de que comparten el deseo. Si el malentendido cae, cada componente se desengaña, y la pareja pasa a la pelea. “Desengaño” es una de las palabras más recurrentes en la música, la literatura y la poética amorosa. “¿Cómo, no estábamos en lo mismo?” En realidad (o sea, en la articulación entre lo simbólico y lo imaginario) se trata de des-ilusión; caída de la ilusión hasta ese momento compartida. La desilusión es vivida como frustración, defraudación, es una de las fuentes del odio y da lugar al despecho. El significante es causa y límite del goce, no porque sepa sobre el objeto, sino porque nos indica con qué objeto empírico, cómo y dónde gozar-gozarlo, aunque con ello no se pueda salir del engaño primordial de que no es ése del que se trata, de que algo real, en ése, se nos escapa. Mientras la sustitución funcione satisfaciendo, el sujeto, para bien o para mal, se detiene ahí. De no ocurrir así, el deseo lo relanza a la deriva. Al decir “satisfacción”, hemos salido del campo del deseo y del campo del amor y hemos entrado en el del goce y la pulsión. Ésta anima también con su empuje al deseo, y desde la zona erógena correspondiente, contribuye a pintar los rasgos imaginarios del objeto trasmitidos por las constelaciones significantes que insisten en los decires del hablante, apoyándose en lo aprehendido y aprendido cuando esas zonas erógenas fueron, en él, domadas por la Cultura. Pero, al satisfacerse con un objeto concreto, éste también nos encierra en un circuito que puede servir al (bienvenido) engaño.

De ahí que Lacan haya dicho que, porque no hay relación sexual, se coge. Si no se cogiera, nos estaríamos matando todo el tiempo. Porque se coge, ello ocurre con menos frecuencia. Pero lo real, ¿sólo amenaza con peleas y catástrofes o también puede ser fuente de creatividad? En tanto lo real del objeto es lo que lo torna causa de deseo, puede resultar fuente de creatividad y producción. Es la función del deseo la que nos anima, nos hace buscar, nos mantiene activos. Los períodos iniciales de las parejas, cuando aún “se están conociendo”, suelen ser recordados luego como los de mayor creatividad. Cuando caen en la creencia, en la ilusión de conocerse totalmente, ocurren los tiempos del enamoramiento, que se trocarán en amor si se estabiliza el engaño, el malentendido. O de peleas o violencia, si adviene el desengaño. Hasta que un nuevo malentendido se estabilice, o se fracture la pareja. El amor no es, en lo que hace a su causa y a su función, un misterio. Jacques Lacan lo definió diciendo que se ama al que se cree que sabe sobre lo que a uno le falta. Y también formuló: “Amar es dar lo que no se tiene a aquel que no lo es”. Así, el amor surge de un malentendido. Cuando el malentendido comienza a aclararse, también puede surgir la violencia.

Y como metáfora de la violencia, La Guerra de los Roses, tragedia envuelta en una comedia contando el divorcio de Bárbara y Oliver. De ellos, Oliver es hegemónico, posee y produce capital económico y simbólico, mientras que Bárbara es económicamente improductiva y simbólicamente minoritaria, pero vital, enérgica y apasionada. B. y O. son las posiciones que pueden adoptar las personas transpuestas en subjetividades en el curso de una guerra que aquí estalla por la voluntad de B. de autonomizarse. Se desencadena entonces una dramática lucha entre ambos para conseguir la adjudicación de la casa y así observamos que los sentimientos, emociones y rencores que se generan en una relación, son tan difíciles de concretar, que lo más sencillo es dirigirse sobre las cosas materiales.

Sin lugar a dudas el divorcio es uno de los eventos de mayor impacto en la vida de una persona. Si bien en ocasiones resulta la solución a una crisis, es indispensable el buen manejo del mismo para no producir una situación más lacerante y dañina para los implicados. Pero ¿qué sucede cuando sobrevienen los desacuerdos, las distancias, la ruptura? El divorcio es un período que trae consigo la disolución de los vínculos emocionales, los legales y sociales y que no sigue un cierto orden establecido, pues existen parejas que disuelven el vínculo jurídico rápidamente y no así el emocional, mientras en otras esto ocurre a la inversa. Lo cierto es que este suceso, llamado separación o divorcio, resulta, sin lugar a dudas, un proceso largo y complejo, al cual no se le concede por parte de ambos miembros de la pareja la debida atención desde el punto de vista de la preparación que deben tener para emprenderlo sin dañarse ellos, los demás familiares y los hijos. De manera general reconocemos dos grandes períodos en el proceso de divorcio que podemos enunciar como su preparación y evolución, que enmarcan lo ocurrido en la pareja antes y después del acto mismo del divorcio.

Existe una etapa previa al proceso específico de divorcio que es denominada "construcción" y se refiere a la edificación de la pareja o familia, donde se sientan las bases de la futura perdurabilidad o ruptura, así como los matices con que transcurrirá la misma. Scanzoni (1981) ha registrado diversos patrones de interacción conyugal que se diferencian por los distintos grados de implicación de ambos y que van desde una relación de subordinación y distribución de funciones bien definidas (que responden a un patrón tradicional), hasta una relación de igualdad poco frecuente. El período anterior observado como el principio del fin termina en una toma de conciencia (por uno o ambos cónyuges) de que el matrimonio no funciona y se lleva a cabo el proceso específico del divorcio, separación, ruptura o disolución del vínculo matrimonial. Aquellas parejas que han construído su mundo familiar en base a desigualdades nocivas, suelen vivir rupturas muy desgarradoras y fragmentadoras. El daño perdura en el tiempo y potencialmente afecta futuras relaciones soliéndose "usar" al hijo como un instrumento de agresión contra el otro, convirtiendo al niño en una de las víctimas de los acontecimientos, pero no al único dañado, ya que en la privación del rol paternal los hombres se ven fuertemente perjudicados. Comienza entonces un proceso de post-divorcio cuya evolución sigue diversos cursos pero que, de forma bastante común, pueden identificarse dos momentos, uno de deconstrucción y otro final de reconstrucción o reajuste. En esta etapa tiene lugar la separación de la pareja (divorcio conyugal) y el alejamiento de los hijos
(divorcio parental)

El divorcio no constituye necesariamente una "patología" obligada para los implicados en él, por más que casi siempre suponga adaptaciones, sufrimientos para alguno de los afectados, etc. La enfermedad parece depender más del manejo que se haga del evento que del evento en sí mismo. No obstante, implica un momento de crisis vivencial, de pérdida para todos los miembros de la familia; y los investigadores coinciden en señalar que significa un quiebre emocional importante como acontecimiento potencialmente psicopatógeno, que podría derivar en manifestaciones patológicas en tanto su manejo sea cada vez más desajustado o inadecuado Divorcio conyugal: Es la separación judicial o de hecho - habitualmente de mutuo acuerdo - entre dos personas con un vínculo conyugal de cierta estabilidad percibida, que implica un distanciamiento físico y afectivo debido a la imposibilidad pluricausal de continuarla. Se dice de la disolución del vínculo matrimonial público y privado. Supone una división de los bienes en común así como el sostenimiento mutuo de los roles paternos y maternos. Resulta especialmente doloroso cuando existen hijos, pues los niños se ven involucrados en una dinámica polarizada y sin posibilidades de elección. En realidad no podría existir elección viable para el hijo que suele concebir - cuando han sido figuras significativas y positivas - a los padres como unión indisoluble. Para ellos papá y mamá son dos conceptos a menudo inseparables, que encierran un sentido personal de elevada connotación afectiva y de protección, incluso en aquellos casos en los cuales la separación es vista por los niños como una salida necesaria a la crisis de la cotidianeidad. A ambos los necesita en circunstancias diferentes o similares, pero los necesita por igual, ya que cada uno de ellos ofrece una salida, o simplemente lo acompaña, con un sello personal propio, para cada acontecimiento que el niño vivencia. No se trata de que uno entregue más cariño que el otro, ni siquiera que las habilidades de uno o sus posibilidades materiales sean más importantes; lo decisivo reside en que son alternativas distintas e igualmente útiles y necesarias afectivamente, un polo no puede existir ya sin la presencia del otro. En la complementariedad cobran vida las partes del todo. El divorcio conyugal habitualmente conduce al divorcio parental. Divorcio Parental, es cuando el padre se aleja abrupta o paulatinamente de los hijos con un comportamiento aprendido y "exigido" por la sociedad, ya que existe la representación de la norma social (asignada), la cual establece que, ante un divorcio, el padre debe marcharse velando así por la estabilidad de sus hijos y de aquel hogar que él contribuyó a formar; de lo contrario no será un "buen padre" o tal vez no es un "buen hombre." Es la separación de hecho entre las figuras parentales y los hijos, tanto física como afectiva, con la particularidad de que habitualmente el polo hijos no puede participar de la decisión, no se tienen en cuenta sus demandas y necesidades.

Los hijos parecen ser propiedad natural e indiscutible de la madre. A ella corresponde la potestad todopoderosa de permitir al padre seguir siéndolo o convertirse en visita de sus hijos. Comienza entonces una suerte de segregación, junto a una desautorización de la imagen paterna, que conduce a la anulación del rol paterno. Se ahuyenta al padre, se lo extirpa del rol y de los afectos de la descendencia como una suerte de muerte "natural" y una vez que desaparece, entonces a menudo se le acusa de estar ausente, de no "venir a ver a su hijo", que "su hijo no le importa", de que "nunca le importó", etc.

Un vínculo queda abruptamente cortado. Nadie ha muerto, pero deben realinearse expectativas, hábitos, diálogos, encuentros, horarios, comidas, miradas. La cotidianeidad ha colapsado.
La des-vinculación va a suponer la brusca desaparición de una cotidianeidad, de ritmos y expectativas de los vinculantes que los obliga a un trabajo psíquico en plus. Esta actividad requerida a los sujetos que padecen la ruptura del vínculo no es equivalente en padres e hijos. En estos casos de des-vinculación, como advierte Isidoro Berenstein, no se trata de un trabajo de duelo, como el que tiene lugar por alguien que ha muerto. Es más bien la situación de un desaparecido de una cotidianeidad, de una habitualidad, pero que, (tanto para el padre como para el hijo), ocurre entre seres que siguen viviendo en la misma ciudad, a veces a escasas cuadras. La muerte del otro permite eventualmente una elaboración de la pérdida, una progresiva desinvestidura del otro y generar una memoria del sujeto. Acá debe desinvestirse temporariamente la presencia del otro, con incremento de la actividad ideica y del fantasear. No debemos olvidar que los padres necesitan a sus hijos, así como los hijos necesitan a sus padres, en un vínculo de apuntalamiento mutuo. Otra de las consecuencias lamentables de esta desvinculación es que los niños, además de perder el vínculo con el padre, también se ven privados de la familia de éste. Esta semiorfandad incluye también la pérdida de abuelos, tíos, amigos, de los personajes significativos del mundo del padre excluído. Se pierden relaciones de parentalidad amplias. No olvidemos que, si bien la patria potestad es compartida, el padre que ejerce la tenencia decide unilateralmente sobre áreas importantes de la vida del menor, a partir de su exclusivo criterio. Cuando los hijos e hijas son objetos posconyugales, pueden volverse o se les pide que sean mensajeros, aliados, espías, verdugos, jueces, amigos, protectores, testigos, cobradores, cónyuges de sus padres, todo menos sujetos-hijos. Y así los niños quedan involucrados en conflictos no resueltos de sus padres, cuando éstos confunden conyugalidad con parentalidad.

ANuPa (Asociación Nuevos Padres) es una de las redes que recogen la problemática posdivorcio, que junto con otras instituciones que están surgiendo en muchísimos países del mundo, se ocupan de la problemática de la paternidad-maternidad luego del divorcio y luchan por la custodia o tenencia compartida. Existe en el Congreso, desde hace tiempo a la espera, un proyecto de ley sobre tenencia compartida.

No existe además penalización clara a los padres que impidan el régimen de visitas, siendo que, como plantea la declaración de Berlín, “los derechos de visitas y contactos son derechos humanos”. La Constitución de la Ciudad de Buenos Aires, en su artículo 38, alienta la “modificación de los patrones socioculturales estereotipados para eliminar prácticas basadas en el prejuicio de superioridad de cualquiera de los géneros”. Y la Convención de Derechos del niño en su artículo 9 prescribe el “contacto directo con ambos padres, salvo en casos de fehaciente comprobación de conductas abusivas”.

Lo que se comprueba es que el sexo no es lo que determina la capacidad de crianza sino, en el caso de los varones-papás, la puesta en práctica de los vínculos, de la capacidad empática, de ir practicando una crianza, de equivocarse, de intentar, de jugar, de aprender, y de no creerse demasiado lo que le contaron que era un hombre. Ejercicios éstos que, con frecuencia, quedan amputados bajo la prótesis de la masculinidad hegemónica.

La Convención de los Derechos del Niño defiende el derecho de los niños a tener un padre. Es perentoria la inclusión de planes y políticas que permitan a los padres la práctica de una paternidad de presencia activa y no de simulacro.

Una muestra de esto es la película Kramer vs. Kramer, cuyo argumento narra que, un ejecutivo de publicidad, Ted Kramer, debe empezar a ocuparse de su hijo cuando su mujer, cansada de soportar su intenso ritmo de trabajo, decide abandonarlos. El film sigue la relación del pequeño con su padre, que comienza con bronca, peleas e inconvenientes propios de la vida diaria y termina en un vínculo entrañable. Al mostrar el divorcio desde el punto de vista masculino, la película se convirtió en un símbolo que “despertó” a muchos padres.

Clr. Susana Crisci
Clr. Stella Ferrea
 

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